Transporte público… ¿Para todos?

Hoy me convoca un nuevo tema…  Desde este mes (agosto) comencé a tomar un diplomado en Santiago, en la Universidad Católica, con clases una semana al mes. De esta experiencia particular voy a escribir más adelante,  sin embargo, antes de poder destacar las facilidades que uno tiene para estudiar en Santiago, quiero concentrarme en algo previo, muy importante, para llegar a estudiar: El traslado hasta el lugar en cuestión.

Creo que lo he comentado en anteriores post, en general no uso la locomoción pública porque ésta no es accesible, y además termina siendo peligrosa para mi, pues tengo una enfermedad que causa gran fragilidad ósea, por lo que cualquier caída o golpe puede significar fracturas (si quiere googlear busque: Osteogenesis Imperfecta). Por lo anterior, desde niña me he movilizado en auto, sea transportada por mis padres o familiares o, desde los 18 años, manejando yo. Lo anterior, evidentemente que es un lujo que no todos se pueden dar, y de hecho a mi me trae también bastantes complicaciones (tanto económicas como prácticas), pero no veo demasiadas alternativas.

La historia es que, viajando a Santiago a mis clases, me va a ser difícil llevarme el auto cada mes, vivo a más de 800 kms por lo cuál me saldría bastante caro cada viaje a la capital. Por esto, he dependido de la buena voluntad de una tía que me ha trasladado en su auto, pero no puedo abusar de que esto sea para ir y volver, ya que mis clases terminan tarde, por lo cuál con mi madre, que me acompaña, decidimos un día tomar el metro…

Mi pequeña odisea.

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Escalera de la estación San Joaquín

Eran las 20 PM del jueves 6 de agosto (llovía “mucho” en Santiago), mi madre llegó a buscarme, en metro, con harta anticipación y observó que no estaba saturado de gente, por lo que no significaba un peligro, y además vio que en la estación San Joaquin había un sistema para dar “accesibilidad” en las escaleras y sabíamos que podíamos bajarnos en la estación baquedano, que si había ascensor.

Salimos, yo andaba algo resfriada, y caminamos, con mi lento paso a la estación San Joaquin, que de entrada tenía esta linda escalera. Pero mi madre me dijo, “espera voy a buscar el guardia para que nos baje el “aparato””.. Yo ahí quedé pensando… si vengo sola.. ¿Cómo subo? Aquí llegó un guardia, que intentamos buscarle la simpatía pero tenía bien poco… y me indicó como usar el aparato que daba una “digna” accesibilidad. Era un salvaescaleras, donde uno sube y se puede sentar en un pequeño banco o subir con una silla de ruedas y con un botón se puede pedir que venga al lugar donde uno está y luego con un control similar se comanda para que suba o baje la escalera que se quiere “salvar”. El sistema no era muy amigable para el usuario (aunque tiene sus instrucciones), porque tenía varias trabas o mañas que si uno no las conocía el asunto no funcionaba, pero bueno.. es cosa de costumbre, y pensaba yo que para la próxima no iba a tener que llamar a nuestro simpático amigo guardia. Tuve que subir una escalera en este sistema, que no se si es seguro, y demoré unos 10 minutos. Resulta que luego venía otra escalera. Yo, huasa del campo.. no sabía qué escalera era, el guardia nos llamó uno de los salvaescaleras de un lado y luego nos preguntó donde íbamos… “señora para ir a baquedano tiene que tomar la otra”… perdimos 10 minutos más esperando que baje un aparato que resultó inútil. Luego, tuvimos suerte, el aparato para subir la siguiente escalera correcta estaba en el lugar donde lo necesitábamos, así es que no tuvimos que esperar que baje. ¡Genial!… Esta escalera era un poco más larga.. ¿Serían unos 15 minutos para subir? Quizás más.

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Yo llegando al metro finalmente, con el salvaescaleras

Ya ibamos en una media hora para subir una bonita escalera, pero no importa, la gente con discapacidad tenemos días de 28 horas, así es que llegamos al metro, y fuimos felices porque no había mucha gente y encontramos asientos (sin cinturones que den seguridad, pero eran asientos!).

Llegamos a Baquedano, y me dirigí a buscar el ascensor, y ups… “Ascensor fuera de servicio”… Suponíamos que habría alguna opción a este inconveniente, ya que ¿Cómo iban a subir las personas que se habían bajado en esa estación y tienen problemas de movilidad? Y además… No todas las estaciones tienen ascensor, así es que … ¡¿Cómo no iba a haber una alternativa para subir? Sería ridículo, pensé yo..

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Uno de los ascensores “fuera de servicio”

Comenzamos a buscar como salir de esa estación (que se convertiría en un infierno), preguntábamos a la gente, no tenían idea, al fin encontramos un guardia y nos dijo “El ascensor está malo, tiene que subir esa escalera y luego encontrará otro ascensor para llegar a la calle” No de muy buena gana subí, uso bastón y me da bastante dificultad subir una escalera, sobre todo con escalones grandes, pero hice mi esfuerzo, total no era tan grande. Llegamos! A buscar el otro ascensor…. Encontramos uno, genial, “con este subimos a la calle, pensé”… Seguimos las instrucciones del guardia y llegamos a un piso donde debíamos encontrar otro ascensor que nos llevaría a la superficie… Y… ¡Sorpresa! ¡El ascensor estaba malo también! Pensamos… “debe ser otro el ascensor que tenemos que tomar”, bajamos por el ascensor que estaba bueno, no encontrábamos guardias para preguntar, preguntábamos a la gente no tenía idea….Fuimos y volvimos como 10 veces por el ascensor bueno intentando buscar una salida, incluso, intenté con los botones de ayuda y me respondió una persona pero cuando le dije el problema cortó….(plop!). Al final, le pedí a mi madre, porque, ya estaba muy cansada (y enojada), que busque un guardia o alguien del metro y que le pida que vaya donde estaba yo (tenía que ir a buscarlo luego de subir la escalera), y así yo le preguntaba exactamente cómo salir de ahí y si teníamos alternativa accesible.

Llegó un funcionario de metro, de buena voluntad, porque al parecer no era guardia ni tenía la misión de ayudar a los pasajeros, y me indicó con bastante inquietud que no había alternativa. La opción que me quedaba era esperar una silla con oruga para subir una gran escalera o subirla yo. Pensé en la opción de la oruga, que podía demorar 30 minutos o más en llegar, por lo que me dijo esta persona, pero luego… pensándolo bien, todo el tiempo que ya llevaba, mi resfrío y que debía llegar a juntarme con unos amigos y además la poca seguridad de este mecanismo decidí subir la escalera (que tampoco era tan seguro subirla por mis medios).

Fue bastante torturante para mi subir esta escalera, no lo digo para que me compadezcan, sino para que se entienda lo grave que es el que dejen sin accesibilidad un lugar, y peor aun ¡que no haya información! Es la parte que más me alarma de usar este sistema de transporte público. Nos metimos en ese agujero subterráneo confiando en que al otro lado saldríamos con la misma “facilidad” y no es así, nadie nos advirtió (porque nadie tiene idea) de que no funcionaban los ascensores, y tampoco les importa mucho.

De toda esta travesía, la única persona que se mostró consciente del problema y que incluso me pidió disculpas por haber tenido que subir escaleras fue Javier Hernández (me aprendí su nombre), que fue la persona que nos ayudó a salir de baquedano, porque quizás hubiéramos estado más horas dando vueltas. Probablemente el es una excepción a la regla.

Tiempo final de la odisea: 1 hora 30 minutos, para trasladarnos de la estación San Joaquin a un café del barrio Lastraría, donde me tenía que juntar (a las 20:30) con unos amigos.

Concluyendo..

¿Será que exagero o que fuimos muy “huasas” al movernos por este sistema? No lo creo demasiado… y entiendo mucho más a las personas que se quejan a diario por las redes sociales de que tienen problemas para moverse por las calles de Santiago. No es que funcione mal el sistema, es que es pésimo, porque no hay una política para dar accesibilidad a la gente, sólo hay ciertas máquinas que resuelven el problema, pero si se echan perder no hay plan b, tampoco el personal está capacitado para enfrentar un plan b. En resumen, no hay estrategia para enfrentar la temática de accesibilidad. Me quedó claro luego de esto que a metro no le interesan sus pasajeros con discapacidad, y que sus mecanismos de accesibilidad sólo están cumpliendo una ley e intentando dar una imagen de responsabilidad social (quizás).

Luego, mirando el resto del transporte público, no lo hacen mejor: gente que se lanza, literalmente, por las rampas, con sus sillas, teniendo la suerte de que tienen destreza y fortaleza para hacer acrobacias y no morir en el intento (si es que las rampas funcionan). En provincia tampoco estamos mejor, acá las micros ni siquiera tienen rampas.

Dejo aquí esta reflexión, espero que alguien la tome y se comience a pensar cómo mejorar el transporte público para que sirva a todas las personas DE VERDAD. Hace unos días leí que “aprueban una resolución para que discapacitados viajen gratis en transporte público” … pensé… ¿Para qué? ¿Es una burla? ¿De qué sirve viajar gratis si no es digno o si dependes de otros o si te vas a quedar dando vuelta una hora en una estación de metro?

Yo paso… aprovecharé mi condición privilegiada y me llevaré mi auto a Santiago…

Pero… ¿Y qué pasa con los que no tienen auto? =/

 

 

Carolina Lagos

Ingeniero civil en informática, UACh, Licenciada en interpretación musical (piano) de la misma universidad. Coordinadora de Ciudad Fácil.

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